ADN Energético

Los mil escarabajos de plata


Nació una niña con apariencia de peluche, con blancos vellos… Fue así como surgió la idea de parte de su abuela en llamarla con ese nombre: Peluche. Antes de morir, doña Clotilde le recomendó a su nieta jamás olvidar este cuento, que ella misma aprendió de su matrona y lo guardó en su interior hasta el momento en que llegó a leérselo en repetidas noches junto a su cuna: Los mil escarabajos de plata.    
                                                                
Detrás de la casa, su madre había sembrado un jardín que jamás floreció, pues una plaga de insectos (los cuales utilicé en el título del relato), se había comido su follaje. Aristina, su madre, una mujer de buen parecer y de cuerpo esbelto, jamás volvió a regar tales matas doradas por el sol.

En ciertos momentos, Aristina había recurrido a bañar el patio de cenizas, con tal de lograr el exterminio de los escarabajos de plata, una plaga tediosa. Según ella no importaba si también perecían las plantas. Además, ella misma prometió cortar toda mata de raíz, sin importar cuál fuera la rosa más bonita; se sentía estresada por los chirridos que llegaban del patio con la tierra agrietada.

Peluche lloraba y lloraba con el pelo bailoteando bajo el  dintel de la ventana de su aposento, junto a su pequinés, el cual parece haber visto también aquel misterio en los ojos de la niña a causa de la fantasía creada por influencia de su abuela.                                                      

La niña lloraba repetidamente. Siempre que despertaba con la ilusión del vislumbre de las noches de plata, al llegar la mañana, solo veía el aterro de ceniza blanquecina.  

— ¿Por qué lloras?, preguntaba su madre, Aristina.

— Abuela dijo que los jardines detrás de las habitaciones jamás debían cortarse, y tú quieres hacerlo, eso no debe pasar porque ahí viven las princesas, los ángeles que cuidan a los niños, también los escarabajos luminosos que me dan su luz por las noches sin sueño. Además, con ellos me divierto. Abuelita también me dijo que el cielo no tiene estrellas, tampoco existe la luna; que en el universo solo existe “el sol” y la inmensidad, porque eso es lo único que se mira en los días sin nubarrones. Y las estrellas y luceros que miramos en él, son los reflejos del mar, porque los astros no son más que rocas negras que reflejan la luz de los océanos, sin embargo, mis escarabajos compensan con la lumbre y rayos de plata cuando ellos extienden sus alas. Yo le creo a mi abuelita que está en el cielo, pues ella me dijo que cuando muriera se quedaría conmigo en el jardín ceniciento, junto a los escarabajos, mientras yo me hacía grande, ¿verdad abuelita?                                      

— Mi madre estaba loca, igual que tú, dijo Aristina.

La niña lloraba más.

— Mi abuelita no estuvo loca. Los escarabajos sí existen, no es mi culpa. Y lo puedo asegurar porque yo misma los he visto al caer la “negra”. Ellos alumbran por mi ventana en las noches sin luna. Por allí mismo veo cuando chirrean con sus alas en alto, como un montón de pollitos cuando quieren volar junto a su mamita. Además, suenan sus alas como cuando tú regabas las matas muertas, que decías. Tengo mil escarabajos que destellan como los relámpagos de mayo, con quienes me divierto en la oscuridad.

— Estás igualita a mi madre, loca y recontra loca, dijo Aristina, quien después salió hacia la sala en busca de sus hijos para decirles que la niña deliraba.

La niña está loca, dijo con asombro mientras Peluche reía a carcajadas en la ventana. Llegaron todos a su cuarto. Al percatarse, la encontraron contándolos y nombrándolos, mientras reía, como si alguien le hiciera cosquillas. Se detuvieron tras sus espaldas.

— Tú te llamas lumbre, dijo la niña. Aquel lumbrito, tú te llamas luna, tu estrella, y tú ¡abuelita!

Lo hacía solo al señalarlos, con el dedo índice, como si lo que veía se lo estuviera mostrando a otra persona.

— Abuelita, ¿por qué dices que no hay luna?

Su madre y sus hermanos estaban con los ojos desorbitados, cegados por la incredulidad y asombro (…) La niña hacía pausas, como si conversara con alguien.

— ¡Ah!, respondía, ¿entonces la luna y las estrellas son mis escarabajos de plata que dan su luz en nuestro cielo? (…) El sol se ve por la claridad del día. ¿Y las estrellas, mis escarabajos?, preguntaba la niña, (…) ¡Ah!, respondía. Solo ella escuchaba la voz de su abuela.

— Sí, no hay dudas, dijeron todos.

— Mi madre, dijo Aristina, hace más de dos años que murió y me dejó a mi niña loca. 

— Asimismo, respondieron sus hermanos.

— Mi abuelita no se ha ido, dijo la niña. Todos los días está con mis escarabajos dentro del jardín.

Sin decir más palabras, la tomaron de la ventana y la llevaron a los sillones de la sala, sin que ella ni siquiera le tomara alguna importancia. Reía sin cesar, así, como si alguien le hiciera cosquillas. Cuando se soltó de los brazos de sus hermanos, corrió de nuevo hacia su abuelita, con el vaivén de sus manitas. Con las sombras de la noche, se escucharon otra vez sus risas a carcajadas, ahora más fuertes. Sus hermanos y su madre, Aristina, se percataron de nuevo, como diciendo: ¡ay Dios mío!

Al abrir la puerta, vieron algo que vislumbraba y a la niña cerca de la misma ventana, de pie, encima de las almohadas con la mirada hacia afuera. Entraba mucha claridad. Sin decir nada, se asomaron junto a ella. Vieron cómo todas las hojas de las matas danzaban. Las que para ellos siempre estaban secas, ahora estaban con verde follaje.

Los escarabajos de plata estaban entre las ramas del jardín, alzaban las alas, es decir, las mismas que brillaban con la luz de la luna, ahora con dirección a la ventana en donde la niña casi se queda moribunda de la risa; sin tomar en cuenta, que la presencia de su abuelita era un fantasma con más de dos años de muerta, como ya anteriormente lo había mencionado su madre.

Aristina y sus hermanos llenos de asombro, procedieron a contar los escarabajos (intrigados por la cantidad que dicta el cuento) mientras estos sonaban sus alas, como un chischil.

¡Sí son mil escarabajos de plata!, confesaron. Y por siempre acompañaron a la niña en las noches de escarabajo en su ventana.

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Autor: Juan Antonio Guzmán
Dibujo: Freevector

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